Se dice que el amor y el odio son vecinos enfrentados en el edificio de la vida. El primero es deseable. El segundo condenable. Pero en los rellanos de las escaleras, se saludan efusivamente. Así nació el concepto de lo “políticamente correcto” pero en la intimidad o la superficialidad de las relaciones públicas, el reverso de la moneda siempre se deja entrever y el amor muestra su monotonía y desgano y el odio su rencor y resentimiento.
El ser humano es feliz unas cuarenta semanas, días más o días menos, muy bien “enrolladito” y con sus extremidades en continua danza dentro del seno materno. Es esa su verdadera madre patria, su oval mansión, donde el silencio se alterna con el sonido audible, pero incomprensible, del rumor exterior.
No hay luz directa, sí tenue y por transparencia, aunque las oscuridades no afectan en esa primera época de la vida. Se es profeta en su tierra en este tiempo y además se es querido y amado, pero las excepciones también están vivas y la palabra “canalla” aparece en el horizonte en forma de daga que, en número cada vez mayor, consigue suprimir la más feliz etapa de la vida con el beneplácito de los que hablan ante atril de vanidosa madera, de respeto, compresión, bienestar y amor, pero firman la ley que da la razón al que corta esta existencia primaria.
Llegado a los 280 días, la libertad despierta en el nuevo ser y pide emancipación. La luz le atrae y el aire respirable quiere que sea aspirado por propia voluntad sin tener que depender de la patria cerrada que hasta entonces había sido su fascinante hogar.
Enseguida aparecen los nombres y adjetivos que comienzan a complicar y hacer compleja la existencia. Has nacido en tal autonomía. Tienes un nombre y unos apellidos. El “registro civil” te acredita tu condición de ciudadano de determinado lugar. Ya tienes toponimia y gentilicio y a ello te debes. No vale decir que podías haber nacido en otro lugar diferente, en relación con las circunstancias existentes en aquel momento. Se impone la región y se impone desde el nacimiento el límite de los kilómetros de tierra que se tiene que amar. La vida se torna geométrica, ya no es una imagen oval, ahora comienza a ser una línea más quebrada que lo que en principio consideramos.
Un día nos hacemos mayores de edad y un porcentaje no muy nutrido, también se hace mayores en sentido común, pensamiento, reflexión y responsabilidad. Se comienza a buscar verdad en las cosas y los hechos y es más difícil “dar gato por liebre”, porque empiezan a distinguirse los sabores. Lo primero que choca con lo que es el ser humano en este planeta es que “la fraternidad no tiene patria” es universal. El egoísmo sí la tiene, pero que nadie crea que esto último es un antónimo de lo que debe ser el amor a la tierra donde viven y desarrollan sus valores los propios del lugar, sino al contrario, se puede arrancar al ser humano, hombre o mujer de su país, pero no se puede arrancar el país del corazón de ambos. Ese es en realidad su sublime egoísmo. Si la patria es el altar ante el que hay que genuflexionarse, se clavan las rodillas en tierra, pero cuidado con los que tienen la idea de que es un pedestal donde colocar su busto a una altura que los demás no puedan alcanzar.
Febrero se nos va no sin antes dejarnos una excelsa efeméride. Es el día de la patria andaluza. Exuberancia en el rostro de los mandamases. Espíritu de competencia y rivalidad entre los grupos políticos por ver quién queda a la cabeza del amor a Andalucía. Pero la patria andaluza no es de nadie y, si fuera de alguien, sería del espíritu de quien la sirve con mayor desprendimiento e inteligencia. En estos casos y en la mayor parte de las ocasiones el proceder individual e íntimo, es más válido que el público.
No tengo nada contra nadie y a nada me opongo, mi ánimo no es el de molestar, sino el de poder superarse día a día. Me parece bien que tengamos un padre de la patria, pero es más importante el ponernos a trabajar todos. Vamos siempre a elegir personas capaces por sus conocimientos y dotes administrativos de conseguir poner en manos de los andaluces las herramientas de crear, laborar, proyectar y llevar este proyecto hasta su final, en resumen, sembrar y conseguir cosecha, para que no tenga que salir nadie de su comunidad, falto de toda estructura profesional y tener que asentarse en un lugar ajeno, donde a veces es difícil conseguir el aprecio, aunque se trabaje desmesuradamente. Los “sambenitos” son difíciles de abolir.
No está de más recordar que ni el marxismo con su lucha de clases, ni el liberalismo con su lucha de partidos, han conseguido establecer una democracia plena que convenza al haber suprimido todo privilegio, haber conseguido igualdad de derechos y deberes en los ciudadanos y reconocimiento de la desigualdad que el estudio, la experiencia, la responsabilidad y el entusiasmo crea en los ciudadanos para bien del progreso, que hace grande una región. No vale quejarse de los radicalismos existentes y, menos aún, utilizar como argumento para anularlos el insulto. Se vence superando al vencido en todos los órdenes de la vida, no insultándolo.
Más que padres de la patria, necesitamos ser buenos hijos. Los que viven sin trabajar o son ignorantes de los cargos que ocupan, que no hablen de patria, sino de las miserias que originan. Los andaluces no queremos volver a ser lo que hemos sido en la mayor parte del pasado siglo y lo que va de éste. Nos corresponden los puestos de cabeza en la clasificación de la vida española. Entonces será nuestra región un hogar circular, sin recovecos, ni rincones habitados por telarañas que atrapan a inocentes moscas, sino una estructura tan sublime como lo fue la cavidad uterina.